Sara Zuluaga

 

Leer es un verbo que aún me cuesta entender. La RAE me dice que es “pasar la vista por lo escrito o impreso comprendiendo la significación de los caracteres empleados” o “comprender el sentido de cualquier tipo de representación gráfica”.

Hacer sonar en mi cabeza las voces de otros, revivir imágenes de un pasado que no es mío, ponerme las pieles de otro tiempo me parece quizás más aproximado.

Escribir, como invitación que se recibe de una experiencia de lectura, creo, es una suerte de ecolalia intratable que se me mete en el cuerpo y no sé bien cómo disimular. Otra lengua se me instala allí donde antes tenía la memoria de mis palabras, olvido donde me queda la garganta y el sonido que me devuelven las paredes de mi voz reflejada se me hace irreconocible.

Leer La vorágine de José Eustasio Rivera y encontrarme con el discurso de Cova en las páginas de un libro que antes había ya pasado por otras manos, con las palabras que antes habían sido ya leídas por otras voces, no pudo más que acentuar el extravío del que hablé más arriba.

No sé como arrancarme la memoria de este poeta arrebatado que se me vino pegada con sus palabras. Vierto aquí esa voz enrarecida que me deja la lectura a manera de purga, desagravio… ¿expiación?

En la voz de Arturo Cova

Me veo de nuevo entre mis condiscípulos, contándoles mis aventuras de Casanare, mostrándoles en el mapa que ahora trazan las cicatrices en mi cuerpo cómo burlamos la cárcel verde. Rafaelito trepa por mi espalda. Su piel desmemoriosa ya no muestra rastros de esa vida que enmascaran las ciudades. Miro a mi amada mirarlo desde el otro lado del patio; tiene los ojos de la madre, pero sé que el corazón le late al compás de quien lo observa. Será un hombre de mundo.

Les señalo uno de los surcos que me recorren la espalda a los que, turbados, escuchan mis fastos. Veo a la bestia suspendida sobre sus cuatro patas; montaraz, aún no conoce la silla ni el bocado. Lo haremos digno de monta, aprenderá a escuchar la fusta y la espuela. Quebrantado, sudoroso, caerá sobre la vera del llano. Pero antes de que el animal doblegue su impulso, errarán mis camaradas y la fuerza que mueve el látigo buscando dar con su lomo, terminará por marcar el mío.

Esta otra, que me rodea la pierna entre el tobillo y la pantorrilla, me llegó rastrera, entre el barro y la maraña en que tenía atrapados los pies. Desconozco aún la forma que viste la daga que me propició el tajo, la noté escurrirse entre mis miembros y antes de que pudiera impeler un movimiento, me sentí desfallecer. Enfermizas penumbras de las que nada puede confiar el forastero.

De bromelias se visten las amarras, ataduras y cadenas,
los ramajes que sugieren sombra son bóvedas encubiertas que impiden que encuentre
perspectiva, horizonte
cerrado el espacio
¿futuro?

 

–Ah, disculpen camaradas, se me enrevesan las palabras cuando pretendo… ¿ensoñación?

 

–¡Pero no ves, Alicia, que a tus pies yacen ya delicias del mundo de fuera!

¡Que ha terminado el confuso, que se asoma el mantro por el ambur!

¡Que no divago, querida! ¡Que no pierdo la cabeza, que las tabadas no tropiezan, ni los curuntos nos engañan! Ni la hojarasca ni la broza cubrirán nuestros rostros, nuestros cuerpos; saldremos ilesos de este encierro, triunfaremos, mi adorada, ¡en la campaña!

 

Me veo de nuevo entre mis condiscípulos, contándoles mis aventuras de Casanare. Sus cuerpos se han cubierto de una red musgosa que les cubre los ojos y ya sus manos no agarran las copas de vino que bebíamos antes. Reconozco esos dedos que se aferran a otros, un tanto más grandes. Fríos al tacto, desprenden un olor … a hojas secas. A hojas secas, humedecidas por la lluvia. A hojas secas, humedecidas por la lluvia, apelmazadas por los días. A hojas secas, humedecidas por la lluvia, apelmazadas por los días, convertidas en fango. Asoman sobre la nata del pozo unos ojos sin párpados. Un cuerpo infantil se agarra con fuerza al que reposa a su lado, un cuerpo infantil que lleva en la piel escritas las letras de otras lenguas. Dioses desconocidos hablan a media voz.

 

Una curiara destruida a la orilla de un río.

Cementerio enorme donde te pudres y resucitas, donde te pudres y resucitas, donde te pudres…

 

–¡Matarlo!¡Matarlo! ¡Y después a ti, y a mí y a todos!

¡No estoy loco! ¡Ni tampoco digan que estoy borracho! ¿Loco? ¡No! ¡Mientes! ¡Loco no!

Quítame ese ardor que me quema el cerebro. ¿Dónde estás?

Tiéntame, ¿dónde estás, adorada?

 

Me veo de nuevo entre mis condiscípulos, contándoles mis aventuras de Casanare, exagerándoles mi repentina riqueza, viéndolos felicitarme, entre sorprendidos y envidiosos. Los invitaría a comer a mi casa, porque ya para entonces tendría una, propia, de jardín cercano a mi cuarto de estudio. Allí los congregaría para leerles mis últimos versos.

 

Lleva el nombre del compañero que nos inició en el viaje. Hoy le enseño también a mi pequeño a leer en mis lesiones la memoria que lo antecede. Sus dedos delgados siguen el camino que marcan sobre mi piel las viejas heridas. Me recorre el rostro, el cuello, los brazos, se pasea con cuidado por mi torso, como una enredadera, se teje entre los dedos de mis manos. Comienza a bajar por la espalda, visita, húmedo, el espacio entre las piernas, reconoce mis muslos, rodillas, pantorrillas… Siento algo que se me clava en el tobillo. Un tirón que me sube desde abajo, un zarandeo súbito, un vago deseo de dormir. Se me llenan de sombra los ojos, busco su mano entre el agua espesa, un dolor me aturde los sentidos.

 

Una curiara destruida a la orilla de un río.

Cementerio enorme donde te pudres y resucitas.

 

Hace cinco meses búscalos en vano Clemente Silva.

–Ni rastro de ellos.

–Se los devoró la selva.