Jéssica Ramírez

Con Peregrina, llegó la edición de La Biblioteca de Ayacucho de La vorágine, de José Eustasio Rivera. Llegó luego del año que no ocurrió, cuando se seguía mirando con atención la nueva peste y cuando la muerte se hizo más cercana. El mundo sería ahora la selva que nos devoraría irremediablemente a todos. Imaginé a Cova sembrado en el suelo, su cuerpo deforme como las raíces de ciertas palmeras, y pensé que leer la historia de Rivera se sentía en el cuerpo como un ataque de beriberi: algún tipo de alucinación, los síntomas de otro sueño de catalepsia. Quizás tan solo el dolor de ver a Colombia. El fracaso y la decepción por no encontrar abrigo en la libertad que transita golpeada ante los ojos del protagonista, Arturo Cova, encontraron consuelo en Clemente Silva: el viejo sabio, el alma serena ante el infortunio, el equilibrio necesario para atravesar la selva y salir con vida de ella.

Puse en el centro de mi lectura el carácter de estos dos hombres y jugué a clasificarlos como un par de opuestos. El joven y el viejo. El de la ciudad y el del campo. El reflexivo y el tímido. El combatiente y el estoico ¿Es más libre el esclavo que el poeta? 

Y ¿Alicia? Me molestó que el narrador la hiciera tan ignorante, caprichosa y colérica. La selva es, sin duda, la gran presencia femenina de la novela.

 

Unos poemas para esta divina trinidad de la literatura colombiana:

Arturo

Del latín vulgar cova o cueva. Nombre femenino para designar una cavidad subterránea extensa construida artificialmente. Sustantivo masculino sótano o pared de piel. Interjección producida por la acción mirar adentro. Verbo en modo imperativo, escribir apretando el puño. Como si se estuviera cavando una fosa en el papel. Gerundio de construir una casa que acoge gente de mal vivir. 
Clemente 
Un arbusto que arde pero nunca se quema. Recolector de lejanías. Ojos que presienten que la tierra será, también, su envoltura. Ojos que son un fuego a la altura del estómago. Lengua capaz de hablar con la selva convertida en espejo. Voz que hace más palpable la fugacidad de la realidad. Manos que sostienen con firmeza. Árbol. Lápiz carboncillo. Ladrillo con el que se construyen las casas.
Alicia
La oscuridad está en mis ojos. Los cierro y puedo ver a los astros allá abajo. Busco entre todos a Virgilio para que me avise de tu llegada. Si quieres encontrar el camino al paraíso tan solo debes escuchar mi música y dejar correr la tinta. No temas perder la armonía, quizás si nos reencontramos pueda volver a ser siempre aquella tarde en la cual nos conocimos. Yo tenía 18 años, el sol ardía y las estrellas aún no lloraban. Pronto supimos que nuestro amor nos superaría en tiempo. Nos amamos a distancia quizás porque la belleza es mejor no tocarla, como advierte el poeta. Ahora estoy aquí como una fotografía a la que miras con un abismo de distancia. Da la impresión de que estamos más cerca en cuanto te bajas de la barca pero nuestros cuerpos siguen sin poder tocarse. Hagamos que se necesite de la carne en el paraíso. Escúchame y verás que esa será tu recompensa y no tu condena. Construye un bosque de palabras y piérdete en él. Luego, en una suerte de conjuro, hazme revivir en tu fantasía. Recorre el camino sin dejar de ver esa luz que al robarme haces que no me devore tanto resplandor.