Maria Camila Cardona

No sé con exactitud en qué momento empecé a elegir sus voces. Fue un gesto de la entraña la más natural de las intuiciones que contradecía la disposición que había aprendido como estudiante, como lectora, como compradora de libros, como asidua visitante de bibliotecas y librerías.

Fueron voces que no sabía que esperaba, voces en las que resonaba la mía propia, voces espejo, voces que me permitieron comprender que tenía sed de más voces.

Entonces, mi casa se empezó a poblar. Encendí en el centro una hoguera y me senté cada noche junto a una de esas voces, voces de mujer, empecé a conversar. Poco a poco, esas voces enunciaron un cuerpo y entendí que el silenciamiento al que habían sido sometidas por tanto tiempo, era una manifestación entre muchas otras de un sometimiento mayor, de un atentado contra el cuerpo-todo: en ese momento algo dentro de mí se rompió y, al mismo tiempo, algo se liberó.

Romperse es, a veces, liberarse. Las grietas permiten que pase la luz.

No sé, repito, cuánto tiempo ha pasado, digamos que el justo. Tiempo justo que me trajo hasta este momento: el momento de mi voz. No podría explicar lo vertiginoso que resulta para mí escribir esto con la intención de publicarlo. Sé que muchas de las escritoras que he leído a lo largo del justo tiempo me entenderán y también sé que muchas de las lectoras de este texto lo harán. Esto es algo así como desnudarse en medio de una plaza.

Tomo fuerza, tomo fuego, de todas esas voces que me han acompañado durante tantas noches, me contagio de su valentía y de su consciencia de que la soberanía del cuerpo empieza muchas veces por la de la voz, por la de la expresión.

Leer tantas voces, tantas tomas de posición, tantas formas de mirar vertidas al texto me han permitido comprender, incorporar, que todos esos vértigos, esos desnudos en plaza pública, tienen la misión, precisamente, de encender nuevos fuegos para que surjan más voces soberanas.

Por primera vez en un 8M no elijo traer voces distintas a la mía propiaellas y ustedes saben, lo sé, que aquí está vertida toda mi gratitud y admiración—, por primera vez me decido a mostrar mi fuego, a alzar mi voz sin timidez, para continuar dotando de sentido este universo de libros que es también un universo de voces y fuegos. Me desnudo y afronto el vértigo con la esperanza de que esta antorcha encienda otras y de que juntas, juntes, sigamos reinventando el mundo.

En nuestra voz están todas las voces

¡Que se escuche el grito!