Agosto de 2022

 

Querida Helena:

Vuelvo, vuelvo, siempre vuelvo.
Esta vez no ha pasado solo un año, han pasado vidas. No hay tiempo, Helena, no hay espacio, y por eso dejaré de escribirle como si aún estuviera viva. No necesito artificios literarios para comunicarme con usted: es suficiente su rastro, es suficiente su literatura, lo que dice, lo que no dice pero intuyo: palabras y silencios que levantan un puente entre ese no lugar en el que ahora flota y este lugar mío que es de carne.


Le escribo de nuevo, y esta vez simplemente me arrebata el deseo de hacer evidente el puente. Ya no hay encargo, tampoco una idea evocadora de una autora del siglo pasado, solo estoy yo diciéndome por fin escritora; solo estoy yo saciada, sin hambre, pero aún así rica de este y todos los mundos. Vuelvo transparente y siento que floto, que puedo alcanzarla, escuchar susurros: usted todavía me habla, me traspasa, me revuelca.

Me alegra, Helena, que su ser espectral todavía tenga cuerpos en este plano. Que encarne para seguir hablando, traspasando, revolcando cuerpos y espíritus de mujeres que buscan una voz, lugares disidentes desde los cuales enunciarse. Me alegra presenciar el nacimiento de un nuevo cuerpo: uno pequeño, móvil, peregrino, sútil y liviano, que cabe en un bolsillo y, que aún así, tendrá toda la contundencia de sus letras. Gracias por las fugas, Helena, esas que nos invitan a seguir inventando formas del escape, de la autenticidad.

 

Camila